El terremoto de 1812 en Barquisimeto (lectura complementaria de las páginas 26 a la 28 del libro Memoria ajena)
EL TERREMOTO DE 1812 EN BARQUISIMETO
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Los
sismos han existido en todo el mundo desde el inicio de los tiempos. Los
sismos, temblores o terremotos, como fenómenos naturales conocidos por la
humanidad, siempre han sido descritos como uno de los desastres más aterradores
y espeluznantes, que como heraldos apocalípticos, junto a las erupciones
volcánicas, maremotos, huracanes, tsunamis y demás catástrofes con su
concomitante carga de calamidades, han transformado el modo de vida de los
seres humanos y de las ciudades en cuanto a su estructura física, poblacional y
espiritual en todos los países donde se ha sufrido estas sacudidas y
convulsiones de la Madre Naturaleza.
Muchos
y grandes sismos han quedado en los registros de terríficas estadísticas en
nuestro continente, destacándose aquellos con más poder de destrucción,
mortalidad y dramatismo con que sucedieron. Países como México y Chile son
notorios casos, tanto en el pasado como en el presente, de estas actividades
sismogénicas perturbadoras y de ingratas memorias.
En
Venezuela los movimientos telúricos de importancia se han suscitado a lo largo
de toda su historia, consignándose eventos de esta naturaleza desde la época
precolombina, colonial y republicana.
Los terremotos han tenido efectos relativamente importantes en las
ciudades venezolanas, que por lo demás han sido considerablemente inseguras e
indefensas ante este tipo de catástrofes, bien sea por el tipo de materiales de
construcción y edificación y el lugar de emplazamiento de la las mismas.
En la historiografía venezolana se han señalado cantidades
importantes de sismos y terremotos entre ellos el de San Bernabé, ocurrido en Caracas y en
otras ciudades de Venezuela el 11 de junio de 1641, día del santo señalado en
el calendario católico. Este
sismo ocasionó grandes estragos principalmente en Caracas y La Guaira, con
resultados nefastos entre fallecidos y ruinosas calamidades en edificaciones públicas,
templos y casas particulares.
Además, este terremoto es recordado en las crónicas debido
al personaje Saturnino, orate callejero a quien llamaban Ropasanta, que repetía sin cesar por
las calles de la ciudad un estribillo premonitorio de consecuencias
apocalípticas:
Qué triste está la ciudad
Perdida ya de su fe,
Pero destruida será
El día de San Bernabé.
Perdida ya de su fe,
Pero destruida será
El día de San Bernabé.
125 años después ocurriría otro gran terremoto,
el de Santa Úrsula, el 21 de octubre de 1766. Aunque de poderosa intensidad y
duración, que se percibió en buena parte del país, este movimiento telúrico
causó pocos daños estructurales, al menos en Caracas, e incluso no se
reportaron víctimas fatales ni heridos, de acuerdo con informes de peritajes de
personas capacitadas en estos menesteres como alarifes y constructores especializados, lo cual es un
indicio de que la población ya estaba superando la etapa de indefensión ante
estas contingencias, estando mejor preparadas las ciudades en cuanto a la
calidad y resistencia de edificios y construcciones.
Transcurridos 134 años luego
del terremoto de Santa Úrsula, se presenta el de San Narciso, sobrevenido el
día 29 de octubre de 1900 a las 4:42 am.
Fue el último gran terremoto del siglo
XIX. Afectó primordialmente las áreas costeras del centro-norte de Venezuela y
fue particularmente fuerte, aunque con pocos daños o víctimas debido a la
escasa densidad demográfica de esas zonas
El más célebre y comentado terremoto de los que
hubo durante los comienzos del siglo XIX fue el que sacudió y arruinó la fatídica
tarde del 26 de marzo de 1812 a las ciudades de Caracas, La Guaira,
Barquisimeto, San Felipe, Mérida y otras no menos importantes ciudades de
Venezuela. Este terremoto adquiere importancia por un doble significado que se
traduce en lo sismológico propiamente dicho y lo histórico, principalmente en
cuanto a lo político, siendo además el que más ha permanecido en el imaginario
popular en lo referente a sus consecuencias. Este devastador sismo, del cual
fue testigo el propio joven y futuro Libertador Simón Bolívar, ha sido
puntualizado como uno de los factores que han podido ser causa de la pérdida de
la Primera República, en el contexto de la guerra de independencia.
Sin embargo, investigaciones recientes
efectuadas por connotados estudiosos y sismólogos como Melchor
Centeno Graü, quien en 1969 estableció la hipótesis de la concurrencia de dos
eventos diferentes. A partir de autores e investigadores como José E. Choy,
Christl Palme, Carlos Guada, María Morandi, y Stephanie Klarica, al decir
de Altez (2012) se estableció que en
realidad no hubo uno sino dos eventos sísmicos ese día 26 de marzo de 1812.
Desde el Laboratorio de Geofísica de la Universidad de Los Andes se planteaban
tres centros sísmicos para 1812: el mayor entre Barquisimeto y San Felipe, otro
en Caracas y un tercero en Mérida, en orden sucesivo. (Altez, op. cit.
citando a Choy et al., 2010).
En
efecto, de acuerdo con este último autor, se determinó que hubo en principio un
sismo de grandes proporciones ocurrido a las 4:07 (hora de la Catedral de
Caracas, de acuerdo con Altez, op. cit.) de la tarde que destruyó la ciudad de
Caracas, La Guaira y áreas circunvecinas, así como Barquisimeto, San Felipe. El
de Mérida y Tabay, se afirma que ocurrió a las cinco de la tarde. Asimismo, las
citadas investigaciones asoman la posibilidad de que el sismo acaecido en
Barquisimeto y la serranía de Aroa haya ocurrido un tiempo antes que el de
Caracas, alrededor de las tres y media de la tarde.
Esto puede
corroborarse documentalmente en base a una carta del cura de Cocorote,
población cercana a la ciudad de San Felipe en el estado Yaracuy, Venezuela,
donde a la par de informar de la destrucción del templo del pueblo, establece
la hora de las tres de la tarde. Asimismo, documentos como la carta del
capellán José Antonio Vásquez, que se encontraba en su hacienda circunvecina
afirmaba que el terremoto ocurrió a la tres de la tarde. Otros documentos
refieren horas distintas como las cuatro, en Barquisimeto, o las cuatro y
cuatro minutos según otros. (Altez, op. cit).
Esta discrepancia
de tiempos sería una manera de apoyar la tesis de que en aquella tarde fatal
del 26 de marzo hubo una serie o ristra de eventos y que probablemente la
sucesión de sismos haya comenzado con Barquisimeto-San Felipe, continuó con el
de Caracas-La Guaira, y acabó con el evento local de Mérida-Tabay.
De esta manera, el
terremoto de 1812, fue un evento complejo que repercutió en la conformación de
las ciudades en cuanto a las labores de refacción y reedificación de la
superficie poblada y aun de la mudanza de estas hacia otras zonas.
EL TERREMOTO DE BARQUISIMETO EL
26 DE MARZO DE 1812
HISTORIA SOCIAL DE UN TERREMOTO
Al amanecer tañeron las campanas del
pequeño y adormilado vecindario de Barquisimeto. Pocos parroquianos,
soñolientos y en ayunas, titubeaban aquella mañana del 26 de marzo de 1812,
Jueves Santo, si asistirían a la misa crismal. Ya se hacía sentir en la ciudad
y se discutía entre los que quedaban en ella, desde días antes, la situación
bélica que llevaría al capitán de fragata Domingo de Monteverde a intentar
reconquistar las regiones en manos de los patriotas sublevados ante la Corona y
que habían proclamado la independencia un año antes, Para el 23 de marzo
Monteverde entra a Carora y para el 25 el indio Reyes Vargas había avanzado
hacia Río Tocuyo y San Miguel. El próximo paso era Barquisimeto.
El temor generalizado
ante la proximidad de los ejércitos de la Reina había hecho que muchos tomaran la
determinación de retirarse a los campos y guarecerse por los montes y serranías
de la comarca ante la inminente llegada de los españoles. La intranquilidad y
desazón embargaban a los barquisimetanos en esa hora azorada, hasta el punto
que los patriotas habían decidido desde antes del Jueves Santo que los
pobladores no asistiesen a los Oficios Divinos y aun que no abriesen los
templos en los días santos.
Necesario es indicar con testimonios
documentales, que, de acuerdo con lo asegurado por el capellán José Antonio Vásquez
en carta al arzobispo Narciso Coll y Prat el 4 de abril de 1812, que los
patriotas habían prohibido los oficios divinos ese día y mandado decir que “por
la mañana no se abriesen los templos”, además de que “hubo la fortuna de que
gran parte de los habitantes se habían retirado a los montes en aquellos días”.
Lo mismo diría el cura Juan Francisco Mujica desde Santa Rosa, quien exponía
que la gente se había retirado a “los campos” (Altez, Rogelio, 2012).
De acuerdo con la costumbre,
luego del cántico del Laudes, entre óleos perfumados del Espíritu Santo, velas, salmodias, himnos y
vísperas, la compungida y fervorosa feligresía debía asistir a la iglesia
parroquial de la Concepción para la celebración de los oficios litúrgicos de
ese día, los cuales continuarían en la tarde después de las tres, en la llamada
hora nona, cuando la escasa congregación de fieles, se acercaría nuevamente
para continuar con las devociones religiosas, mientras que a esa hora los pocos
que quedaban en la ciudad se encontraban en la habitual y reposada siesta.
En el templo se hallaban los
curas rectores de la iglesia parroquial: Pedro Anzola y Bernabé Espinoza, los
curas Juan Francisco Mujica (quien en fecha posterior al terremoto sería
nombrado Vicario y Juez Eclesiástico de Barquisimeto), Carlos Felipe Abasolo,
Antonio Basilio de la Sierra y casi toda la clerecía, como
lo aseveraran más tarde los curas Abasolo y de la Sierra en un
documento de Provisión de Curato del 22 de agosto de 1812 y más
tarde por el cronista Eliseo Soteldo en 1901 en Anotaciones
históricas de la ciudad de Barquisimeto, 1801-1854. (Altez, Rogelio, op cit).
Soteldo
afirmaba que “estando el templo parroquial [la Concepción] en la ceremonia de
las tinieblas, las naves del templo parroquial se encontraban llenas de lo más
selecto de la ciudad, y de casi todo el clero, y los demás vecinos que no se
hallaban allí estaban durmiendo la acostumbrada siesta, o tomando el cerrero” (Soteldo, E. 1952. pp. 24- 25)
al momento del estremecimiento telúrico e inmediata caída del templo y la
concomitante muerte de ellos, aunada a las de los sacerdotes que se encontraban
en ese infeliz momento.
¿Cuántas personas murieron en el
terremoto? Soteldo asevera que en la ciudad quedaron sepultadas bajo sus ruinas
“millares de víctimas” (Soteldo, op.cit. p.25). De acuerdo con Altez, (op. cit.), para el año de 1812 Barquisimeto
tendría unos 4.350 habitantes, de los cuales habría sucumbido un millar, lo que
representa el 25 % de la población presente en el momento del cataclismo, teniendo
en cuenta que muchos de ellos, en una cuantía que no es posible cuantificar, se
encontraban fuera de la ciudad, guarnecidos en los campos por temor a las
tropas de Monteverde.
Testigos y sobrevivientes, así como
viajeros que visitaron la ciudad posterior al terremoto ofrecen algunas cifras
significativas. El padre Juan Francisco Mujica y el capellán José Antonio
Vásquez, dirían, respectivamente, que “apenas perecerían como mil” y “en la ciudad
[murieron] como mil” (Altez, op. cit.). Otro
informante, un viajero anónimo en 1823, 11 años después del terremoto, en la
obra Cartas escritas desde Colombia
durante un viaje de Caracas a Bogotá y desde allí a Santa Marta en 1823,
informa que “unas 1.500 personas
perecieron entre los escombros” (Altez, op. cit.). En este caso, coincidiendo
con Altez, los guarismos aportados por Mujica y Vásquez resultan ser los más
confiables por haber sido estos testigos oculares. En cambio, “los millares de
víctimas” de Soteldo lucirían un tanto exagerados.
De manera que las referencias documentales señaladas indican o sugieren
que la mayoría de las víctimas del terremoto no perecieron en los templos luego
de su destrucción, en especial la iglesia parroquial, sino que se encontraban o
bien en sus casas o en sitios fuera de la ciudad, corroborado asimismo por lo
manifestado por el capellán Vásquez. Del mismo modo, lo descrito por los curas
en los documentos no mencionan a los fieles o personas asistentes al templo de
la Concepción, sino que se refieren a la muerte de los propios clérigos
cantando Laudes, como los únicos concurrentes a la ceremonia de esa tarde del
Jueves Santo de 1812:
Certificamos para ante los SS que la presente vieren que el
veintiséis de marzo del que rige al ímpetu del terremoto cayó la Iglesia
Parroquial, y bajo de ella perecieron los Presbíteros D. Pedro Anzola y D. José
Bernabé Espinoza, venerables curas Rectores de ella: lo cual nos consta por
habernos cogido juntos en el Coro oficiando los Laudes, y sentido que fue
salimos con el Pro. Don Pedro Pineda y los venerables curas no alcanzaron a
salvarse de la ruina, y después fueron hallados sus huesos en donde se
conjetura que los oprimió la ruina…
(Carta de Antonio Basilio
de la Sierra y Carlos Felipe de Abasolo, Certificación de la muerte de Pedro de
Anzola y Bernabé Espinoza en la Provisión de Curato realizada en 1813,
Barquisimeto, 22 de agosto de 1812, en Altez, op cit.)
Y de
repente ocurrió la catástrofe. A las cuatro, casi al final de la tarde, todo fue
confusión y revoltijo al escuchar el horripilante estrépito del terremoto. La
remezón y espeluznante conmoción arrasó la ciudad entera y sus alrededores. Los
templos y casi todas las casas y construcciones se vinieron abajo en medio de
la tierra pulverizada de adobes trastornados. Según consta en amarillentos
pliegos depositados en repositorios
eclesiásticos del Archivo Arquidiocesano de Caracas (1812), en cuenta
informativa al arzobispo Narciso Coll y Prat por parte de los sacerdotes
Antonio Basilio de la Sierra y
Juan Francisco Mujica y aun de algunos devotos de la ciudad, se hace la relación de los templos,
edificios notables y casas derrumbados en Barquisimeto y otras poblaciones de
la jurisdicción.
El convento de San Francisco cayó totalmente y la
iglesia parroquial de la ciudad, la Concepción, se derrumbó, así como la de
Altagracia. De San José quedaron sólo los cimientos al igual que el templo de
Nuestra Señora de San Juan de los Lagos. Nuestra Señora de la Paz quedó
malograda, pero no llegó a caer totalmente. Las casas de los curas también quedaron
abatidas. Otras edificaciones como la cárcel pública, el hospital, casas
capitulares y particulares sufrieron las consecuencias del terremoto en sus
estructuras.
Aunque no se dispone de testimonios directos, se aseveraba
que
algunos soldados y miembros de la tropa revolucionaria sucumbieron con el
temblor en el cuartel situado al costado sur de la ciudad, en la orilla de la
ladera que baja al río Turbio. Durante la sacudida, al decir de Soteldo (op.
cit. p. 25), el comandante Jalón, intentando salir por uno de los balcones cayó
de este, se dislocó una pierna y luego el edificio se vino abajo, muriendo casi
toda la tropa, Fue transportado en un chinchorro por no poder caminar. El
oficial de la guardia de prevención, capitán José Antonio Ramos murió al caerle
encima el pesado portón de la entrada del cuartel.
La
pólvora y parte del armamento quedaron sepultados bajo los escombros, lo que
causó una merma considerable de los recursos del parque patriota para
enfrentarse a las tropas monárquicas que ya venían en camino. Cuando estas
llegaron, luego del pillaje y saqueo en la ciudad, fueron recuperados cuatro
cañones de bronce, tres de hierro, doce cajas de balas, 2.000 cartuchos, 600
tiros de cañón, 50 tiendas de campaña, pólvora y muchos otros elementos de
guerra (Soteldo, 1954. op cit. p. 26).
En los
aledaños de la ciudad también todo era daño y destrucción. Santa Rosa y
Cabudare se hundieron y se decía que las grietas formadas en la tierra expelían
humo y olores fétidos, de acuerdo con la carta del padre Juan Francisco Mujica
a Narciso Coll y Prat desde Santa Rosa, el 26 de agosto de 1812. En Cabudare la
capilla del pueblo quedó derribada por el sismo y en El Tocuyo se abatieron
todos los templos de la ciudad. En Humocaro se vino abajo la iglesia, así como
en Quíbor, Yaritagua, Urachiche, Guama. Chivacoa, Buría y
Duaca. Las compungidas víctimas sobrevivientes y deudos hacían procesiones y
súplicas, confesiones y oraciones al Altísimo, para aplacar la cólera divina.
¿Y QUÉ
PASÓ DESPUÉS DEL TERREMOTO?
Mucho se ha debatido y dilucidado
sobre los acontecimientos vividos en los tiempos posteriores al terremoto. ¿Qué
hacer? ¿Reconstruir o mudar la ciudad? Los ciudadanos y autoridades, afligidos
y preocupados resolvieron reconstruir lo que medianamente se pudiera rescatar y
aprovechar de las ruinas amontonadas en las tierras adoloridas. El Cabildo de ese
entonces se propuso en primer lugar, por medio de Bandos y otros documentos,
autorizar la cesión de terrenos y solares a los vecinos con el fin de proceder
a construir nuevas viviendas y en segundo término la construcción de una
iglesia parroquial provisional, casa consistorial y escuela pública, con el fin
de evitar la dispersión y el abandono de la población hacia los contornos para
que la ciudad pudiera reedificarse en el mismo sitio.
Veamos cuál era el panorama hasta
esos momentos. Todas las iglesias y casas destruidas por doquier, muerte,
desolación, bienes materiales desaparecidos, desorientación general y la
población en desbandada, desesperanzada y sin ningún cobijo seguro frente a las
vicisitudes. Los ciudadanos y feligreses, en vista de la situación, decidieron
construir una iglesia parroquial provisional, hecha de horcones y techo de paja
en el mismo sitio donde antes estuvo el viejo templo de Altagracia derribado por
el terremoto, situado en la calle de la Corrección, frente al lado sur de la
vieja cárcel.
NUEVA
CIUDAD Y QUERELLAS
Las iglesias son edificios sacros
que al mismo tiempo son centros urbanos a partir de los cuales se van adosando
las casas y construcciones que conforman la trama urbana. Los habitantes
comenzaron a fabricar improvisadamente las primeras viviendas por esa zona
abierta, las cuales consistían en ranchos de bahareque. Cuentan los viejos
informes de esos años que el Cabildo no vio con buenos ojos esas
“inconsistentes y desarregladas” construcciones, por lo que se propuso la idea
de continuar la recuperación de la ciudad en el sitio llamado de Paya, al este
del antiguo puente Bolívar, que para esa época no era más que un pasaje de
madera sobre el zanjón de Cárdenas. Sin embargo, se trató de una mala decisión,
pues el sitio, cercado por diversas lagunas y ciénagas y por efecto de la
acumulación de aguas fétidas, no hacía posible la permanencia de la población sin
sufrir los percances de la pestilencia y las posibles enfermedades que pudieran
repercutir en la salud.
Diversos pareceres comenzaban a
asomarse en controvertidas querellas y diferencias de criterios entre los curas
de la ciudad y los miembros del Cabildo barquisimetano. El debate se centraba
sobre el lugar donde debía construirse la nueva y ya no provisional sede de la
iglesia parroquial luego del terremoto de 1812. El asunto venía de viejas y
espinosas cronologías arrastradas de años anteriores. Desde 1792 se había
planteado la necesidad de la ampliación de la iglesia y para 1799, dispuestos
dar comienzo a las obras, las diferencias apuntaban hacia lo económico, pues
suponía la erogación de engorrosos costos de reparación, para lo cual se
disponía de unos 4.000 pesos, que involucraba la demolición de la torre y de
todo el frontis por parte de los alarifes. Además de ello estaba el asunto que
por su antigüedad las paredes estaban sufriendo una invasión de bachacos.
Consultados
los expertos en estas lides constructivas, el Mayordomo de la fábrica, Vicente
Yépez Dávila, luego de la debida inspección e informado el Juez Eclesiástico
Bernabé Espinoza, se concluyó que los cimientos y fundamentos se encontraban
estables y las maderas bastante conservadas, necesitándose solamente reparar y
cambiar algunas puertas. A pesar de los bachacos, las paredes parecían no haber
sufrido mayores daños (AGN, Sección Gastos
Públicos, Tomo X, Reparación de la Iglesia Parroquial de Barquisimeto, en
Altez, op. cit.).
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Para 1800 el obispo emite la licencia para aumentar “diez
varas, cubrir de bóveda la capilla mayor, hacerle portada y torre proporcionada
y construir de nuevo las tres puertas principales” (Caracas, 23 de abril de 1800. AGN, Sección Gastos Públicos, Tomo X,
Reparación de la Iglesia Parroquial de Barquisimeto, en Altez, op.cit). Fue
para los años de 1801-1802 cuando se decide construir la nueva iglesia
parroquial denominada La Concepción, frente a las ruinas de la anterior.
Otra situación se presentaba, dentro
de los planes de reconstrucción, mudanza y expansión de la ciudad, que para el
cronista Ramón Querales era un “quinto traslado”. Para ello se dirigieron unas
tres cuadras al norte y una más hacia el oeste del convento de San Francisco, a
un lugar llamado plazuela de El Rebote, frente a la cual se encontraban los
restos de la derribada iglesia de San José. Ese sitio parecía ser el más
adecuado para continuar con la reconstrucción de la ciudad.
Las autoridades requerían, y así lo
decidieron el 7 de diciembre de 1812 (AAC, Sección
Parroquias, carpeta 13, Expediente sobre la redificación y traslación de la
iglesia o Capilla pública del Señor San José de la ciudad de Barquisimeto,
Francisco de Oberto al Bachiller Pineda, Barquisimeto, 23 de diciembre de 1812,
en Altez, op. cit.), reubicar el centro de la ciudad, es decir la Plaza Mayor,
en el lugar donde habían quedado las ruinas de la iglesia de San José, frente a
la plazuela. Se adjudicó un terreno ubicado a tres cuadras, donde se levantaría
posteriormente el nuevo templo de San José.
Una vez delimitado el cuadrilátero de
la nueva Plaza Mayor, habría de proponerse el levantamiento de la nueva iglesia
parroquial frente a la proyectada plaza, como era la tradición heredada de la
Colonia, en sustitución a la derruida Concepción, que presentaba la fuera de la
común condición de estar edificada dentro del espacio de la Plaza Mayor, desde
los tiempos del tercer traslado en la meseta barquisimetana. Se puede expresar
que este fue el origen de las interminables querellas que se presentaron entre
el Cabildo y los curas, pues estos querían que la iglesia parroquial se
construyera en base al proyecto de 1801, es decir frente a la vieja y
destrozada iglesia parroquial de la Concepción, lo que entraba en contradicción
con lo que el Ayuntamiento buscaba, que era construirla al frente donde antes
estuvo el templo de San José.
Y Luego de años de
deliberaciones, en 1818 se libró un decreto que ordenaba reconstruir la iglesia
parroquial de la Concepción en el mismo lugar donde siempre había estado. Fin
de la discusión. (Decreto
firmado por Manuel Vicente de Maya en 3 de abril de 1818. AGN, Sección Gastos Públicos, Tomo X,
Reparación de la Iglesia Parroquial de Barquisimeto, folios 318 v-319 v. en
Altez, op.cit.). No obstante, las funciones parroquiales debían ser asumidas en
lo que sería el nuevo templo de San Francisco, levantado en el mismo lugar
donde estaba, todavía en reconstrucción desde sus cimientos.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Altez, Rogelio. “Entre
la guerra y los temblores: Impactos y efectos del terremoto del 26 de marzo de
1812 en Barquisimeto”, Boletín del Archivo Arquidiocesano de Mérida, Tomo XIII,
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[Consultado en febrero 04, 2018].
Altez, Rogelio. (2005). Los sismos del 26 de marzo de 1812 en
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Leal Guzmán, Alejandra;
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Revista Eletrónica de Centro Interdisciplinar de Estudios sobre las Ciudades,
Campinas, SP, v. 7, n. 1, p. 312-344, dez. 2015. ISSN 1982-0569. Disponíble en:
<https://periodicos.sbu.unicamp.br/ojs/index.php/urbana/article/view/8642558>. Acesso en: 19 abr. 2018. doi:https://doi.org/10.20396/urbana.v7i1.8642558.
Soteldo,
Eliseo (1952). Crónicas de Barquisimeto. 1801-1854.Caracas: Editorial Ávila
Gráfica. .
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